Medio Ambiente
El agua corriente, un lujo en zonas pobres de Lima
Un muro de hormigón de dos metros de altura y 10 km de longitud separa San Juan de Miraflores de la próspera Santiago de Surco. A través de sus grietas, se vislumbran destellos de exuberante vegetación que contrastan con el alto consumo de agua de Surco.
![Catalina Ñaupa posa junto a bidones de agua frente a su casa en Pamplona Alta, Lima, en marzo. La capital peruana, con más de 10 millones de habitantes, es la segunda ciudad desértica más grande del mundo, donde más de 635.000 personas carecen de acceso a agua potable. [Ernesto Benavides/AFP]](/gc4/images/2025/03/25/49711-peru1-600_384.webp)
Por AFP |
LIMA -- En las áridas colinas que dominan Lima, el lujo del agua corriente es sólo un sueño para miles de peruanos que la reciben en camiones cisterna.
La capital de Perú, con una población de más de 10 millones de habitantes, es también la segunda ciudad desértica más grande del mundo, después de El Cairo.
Tiene el océano Pacífico a un lado, los Andes al otro y la atraviesan tres ríos, además de un nivel freático. Pero la lluvia es escasa.
Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática, más de 635 mil limeños carecen de agua corriente, y muchos de ellos viven en asentamientos informales en lo alto de la ciudad, en lugares a los que no llegan las líneas de agua y alcantarillado.
![Un camión cisterna entrega agua potable a los habitantes de Pamplona Alta, en la periferia sur de Lima, en marzo. [Ernesto Benavides/AFP]](/gc4/images/2025/03/25/49712-peru2-600_384.webp)
![Vista aérea de casas en Pamplona Alta, en la periferia sur de Lima, en marzo. [Ernesto Benavides/AFP]](/gc4/images/2025/03/25/49713-peru3-600_384.webp)
Camiones cisterna azules llevan agua gratis una vez a la semana, a veces menos, a zonas de San Juan de Miraflores al sur de la ciudad, y la dejan en grandes barriles ubicados a lo largo de sus polvorientas calles.
Estos contenedores son todo menos higiénicos.
"Tenemos dolores de estómago, migrañas. Hay larvas en el fondo del tanque", dice Catalina Ñaupa, una mujer de 59 años residente en San Juan de Miraflores.
En invierno, a veces los camiones ni siquiera llegan porque las calles se vuelven tan fangosas que se vuelven imposibles de transitar, explicó Ñaupa, quien lava su ropa solo una vez a la semana o incluso cada dos semanas para conservar el agua.
Nicolás Reyes, quien trabaja para la empresa de agua de la ciudad, Sedapal, afirma que reparten un metro cúbico de agua por familia por semana.
Esto equivale a unos 30 litros de agua por persona por día, muy por debajo del mínimo de 50 a 100 litros al que, según las Naciones Unidas, todo el mundo debería tener acceso.
Año tras año, Sedapal teme tener que racionar el agua ante la llegada de la temporada de lluvias y espera que los embalses de Perú se llenen, señaló Jeremy Robert, del Instituto de Investigación para el Desarrollo de Francia.
"Otro mundo"
"El cambio climático afecta las reservas de agua en las montañas y reduce los flujos de los ríos", indicó a AFP Antonio Ioris, profesor de geografía en la Universidad de Cardiff.
Sin embargo, la disminución de las reservas de agua no es el problema principal, expresó, insistiendo en que el precario acceso de los pobres al agua ocupa un lugar muy bajo en la lista de prioridades de los responsables políticos.
"La situación en la periferia de Lima no solo se debe a la falta de planificación urbana y de inversión, sino también a las dificultades de las zonas rurales, que provocan migraciones forzadas hacia la capital", explicó el profesor, especialista en las relaciones entre la población y el medioambiente en Latinoamérica.
A lo largo de los caminos de tierra de algunas zonas de San Juan de Miraflores, hay escaleras de hormigón que conducen a lugares con un acceso aún más difícil y a los que no pueden llegar los camiones que traen el agua.
Así, estos residentes se las arreglan como pueden y pagan, en promedio, seis veces más de lo que pagan por el agua los clientes conectados a la red eléctrica, según el gobierno.
En la cima de una colina de San Juan de Miraflores, un tambor de agua bloquea el último escalón de una escalera que conduce hacia otro mundo.
En lo alto de la cima, una barrera de hormigón de dos metros de altura y 10 km de longitud -los lugareños la llaman el "muro de la vergüenza"- separa San Juan de Miraflores de una zona rica situada al otro lado. La idea es mantener alejados a los pobres.
A través de las grietas del muro se puede observar la exuberante vegetación de Santiago de Surco, un barrio limeño con uno de los mayores índices de consumo de agua: 200 litros diarios por persona, según Sedapal.
Allí, al otro lado, la espesa hierba verde se alimenta de agua potable y los residentes descansan bajo frondosos árboles.
"Surco nos da la impresión de ser otro mundo", declara Cristel Mejía, presidenta de un comedor social en el lado pobre del muro.